En 2006, la empresa Repsol decidió lanzar un spot para patrocinar su nuevo producto, el Repsol Diesel E-Plus 10. El spot, con una voz en off cálida, culta y acogedora, recibió unas críticas muy favorables en la Red. Hoy en día sigue considerándose uno de los mejores anuncios de la marca.
No quiero entrar en discusión de lo bueno o malo que fuera el spot. Lo que me interesa de él es una palabra: Maslow. Aquel psicólogo, nacido en 1908, fue el creador de la pirámide de necesidades que hoy lleva su nombre. Según esta, el culmen de la vida del hombre es la autorrealización. Pero para llegar a esta, para ser 100% feliz hablando en términos coloquiales, el hombre ha de ir superando, uno a uno, una serie de estadios: fisiológicos, de seguridad, de afiliación y de reconocimiento. Como podéis observar, excepto los puramente fisiológicos y algunos de seguridad, todos los estadios comprenden conceptos abstractos, intangibles, a veces inclasificables.

No deseo ahondar demasiado en la descripción de estos, puesto que en el propio spot se dejan ver claritos. O más bien no se dejan ver. Recordad que estamos hablando de conceptos abstractos... pero conceptos destinados al ser humano, a fin de cuentas. Pero al ver el spot... ¡sorpresa! : no sale ningún ser humano en él (a no ser que contenemos como tal una mano deshumanizada y que parece formar parte del decorado). Pero ¿no están vendiendo el producto a personas? ¿Por qué no salen entonces personas? ¿Por qué no hay más que automóviles que simulan interactuar como personas en el anuncio?
Si de algo me di cuenta entonces, fue de que esos automóviles — esos productos que nos ofrecen, que compramos, que deseamos tener — éramos realmente nosotros — personas —. Hoy por hoy, necesitamos objetos que nos identifiquen, que nos distingan, que sean nosotros mismos cuando lo necesitamos. La pirámide de Maslow ya no tiene conceptos abstractos, intangibles, a veces inclasificables. Tiene productos que nos ofrecen, que compramos, que deseamos tener. La autorrealización parece limitarse a tener el producto más caro, más moderno y más selecto. Pero siempre habrá otro mejor y por ello ya no hay autorrealización posible.
Y esto ocurre en nuestra sociedad de consumo, de masas, de información. Ocurre en el barrio residencial. ¿Pero qué pasa en los suburbios? ¿Qué ocurre con países como Ghana, de la que hablaba en la entrada anterior?
Muchas veces he escuchado que es necesario terminar con la brecha digital, con las diferencias tecnológicas que separan el barrio residencial de los suburbios. Pero, quizá porque no nos interese, cometemos la errónea idea de empezar la casa por el tejado. Derruimos la pirámide de Maslow y con los escombros que quedan erigimos una nueva construcción — monstruosa, artificial, infecta — : la espiral del consumismo. Y, no contentos con ello, la enviamos rota y resquebrajada rumbo a África. Mandamos a África portátiles sin pantalla, tacones sin puntera, volantes sin el resto del coche... Mandamos los vestigios de nuestros residuos. Y, los que allí no caben, los dejamos en las periferias de nuestras ciudades europeas, en los otros suburbios digitales de una brecha nacional que tampoco nos agrada ver.
¿Cuándo nos convertimos en hipócritas profesionales? Exportamos nuestro estilo de vida, con todas sus consecuencias, al resto del mundo, proclamando que es el Único y Verdadero, el Mejor Modelo. Y encima lo hacemos de malas maneras. Yo me pregunto ¿qué bien nos ha hecho convertirnos en la sociedad de masas, de consumo, de información? ¿Qué bien nos han hecho las Nuevas Tecnologías respecto a nuestra autorrealización? No sabemos manejarnos todavía para ser felices en este nuevo modelo de sociedad. ¿Estamos, por tanto, capacitados para imponerlo al resto... y, encima, de malas maneras?
Cristina García Ruiz. Grado en Periodismo, 2º.

