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domingo, 18 de marzo de 2012

La (in)necesaria ley de propiedad intelectual

Postula Joost Smiers en su obra Un mundo sin copyright que la abolición de cualquier tipo de derechos de autor repercutiría positivamente en el desarrollo de la creatividad. Según este profesor de la Universidad de Utrecht, existiría algo equivocado en nuestro sistema occidental de copyright y habría llegado ya el momento de cuestionarnos si debiéramos continuar con este sistema o, por el contrario, buscar nuevas alternativas.
Se considera autor a la persona natural que crea alguna obra literaria, artística o científica. Son objeto de propiedad intelectual todas las creaciones originales literarias, artísticas o científicas expresadas por cualquier medio o soporte, tangible o intangible, actualmente conocido o que se invente en el futuro. La propiedad intelectual de una obra literaria, artística o científica corresponde al autor por el solo hecho de su creación.
              Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Gobierno de España



Desde un principio, con el diseño de las leyes de copyright la intención 
no ha sido otra que reconocer y premiar al artista por su obra. De esta manera los autores se verían amparados ante el uso no autorizado de sus creaciones y serían retribuidos por la exhibición pública de éstas. Así que el parlamento inglés aprobaría en 1710 el Estatuto de la Reina Ana, reconocido como la primera ley que recogió el derecho de autor, allanando el camino a otros estados hacia su implantación (en España no llegaría hasta 1762 bajo el reinado de Carlos III). La tendencia se constataría con la firma de diversos acuerdos multilaterales como el Convenio de Berna en 1886, la Convención Universal sobre Derechos de Autor en 1952 o la Carta del Derecho de Autor en el año 1956.

Si bien, lo novedoso residiría en el cambio que llevamos experimentando desde hace unas décadas con las modernas técnicas de reproducción de obras impresas y, ante todo, desde principios de siglo con la revolución de Internet y la aparición de nuevos formatos digitales, propiciando la mayor difusión de información desde la ‘era Gutenberg’. Por tanto, esta potencial distribución multiplataforma que brinda la Red, al alcance de no pocas personas, se ha traducido hasta nuestros días en una continua carga y descarga de contenidos por parte de unos usuarios beneficiados con tal escenario.

Ahora bien, si por un lado se presume cierto consenso entre autores y consumidores en torno al debate sobre la descarga ilegal de contenidos y la gratuidad, no quedarían tan despejadas otras cuestiones como la orientación del mercado hacia un modelo de negocio alternativo -en demanda por los usuarios-, el papel de los intermediarios (la Sociedad General de Autores y Editores, las industrias culturales, etc.) o el planteamiento y puesta en vigor de determinadas leyes antipiratería.


Javier de la Cueva, abogado y experto en propiedad intelectual, reflexiona en torno a interesantes conceptos tales como Creative Commons, cuya alternativa al copyright es abrigada por un número creciente de autores o autores-consumidores (prosumer). De igual forma, rompe lanza en favor de un modelo de negocio más justo y de una terminología más adecuada:



Tras la puesta en vigor el pasado jueves 1 de marzo, tras dos años de tramitación, del nuevo marco regulatorio conocido como ‘Ley Sinde-Wert’, numerosos internautas, en oposición a las recientes palabras del ministro José Ignacio Wert, ya han expresado su malestar, por considerar que dicha ley, además de venir a ser una presumible respuesta hacia las presiones del gobierno de Estados Unidos, se serviría de recursos antidemocráticos para llevar a cabo un procedimiento que muchos no han dudado que resultará ilícito.

Alejandro de la Fuente Escribano
2º de Periodismo e Historia

jueves, 15 de marzo de 2012

Geeks (I): El día en que Mark supo decir ‘no’

Al principio fue Thefacebook. El concepto nació con la decisión de Mark Zuckerberg -joven neoyorquino de veinte años y estudiante de Harvard- de crear una plataforma de comunicación para estudiantes de su universidad. Por entonces éste ya había creado -junto a su amigo Adam D’Angelo- el programa Synapse, orientado al reconocimiento musical, y la aplicación Facemash, cuyo fin no era otro que hallar a la persona más enrollada del campus. Cuando en 2003 ingresó en la Universidad de Harvard, Mark no era diferente al resto de estudiantes. Se trataba de un chico introvertido, parco en palabras, gran aficionado a la esgrima y con cierta inclinación por los lenguajes de programación y el universo matemático. Y no, 
no tenía una mente excepcional, ni descendía de una larga estirpe de aristócratas. Era Mark Zuckerberg, segundo hijo de una psiquiatra y un dentista de Nueva York. Sus compañeros de habitación: Dustin Moskovitz, Chris Hughes y Billy Olson. A todos, el futuro les reservaría grandes laureas

No sería sino en el invierno de 2003, advirtiendo las crecientes necesidades en Harvard por un directorio online de fotografías e información docente, cuando se hubo embarcado en la empresa de realizar un proyecto orientado a tales fines. Bajo una conjunción aspectual de las aplicaciones Course Match, Facemash y Friendster creó la red social Thefacebook. Suponiéndole 85 dólares, los que precisó para albergar el 4 de febrero de 2004 la información en un servidor hosting (manage.com). A raíz de ello, todo cambió. Más adelante, no tardaría en aparecer Sean Parker, a la postre presidente de Facebook, y Eduardo Saverin, talento informático, amigo y socio de Mark, y figura clave en toda la historia de Facebook. Asimismo, el éxito de la red no se haría mucho de rogar. Tras operar en Harvard, llegaría a Columbia, Yale y Stanford; y tras ésta última la plataforma sería implantada en universidades de todo el país, en liza por sus servicios.

A medida que aumentaba el éxito de Thefacebook, las empresas enfocaban sus estrategias hacia la web con mayor disposición, bajo la pronta etiqueta de mina de fortuna para anunciantes. Es preciso manifestar la capital importancia de la situación para Mark Zuckerberg. Puede parecer cómoda, a los ojos del lector, mi siguiente apreciación pero lo cierto es que a Mark aún le aguardaba la tarea más ardua de su largo periplo como emprendedor. Innegablemente, desarrolló una brillante idea que materializó con no poca perspicacia. O lo que es lo mismo, logró brindar -como nadie lo hizo entonces- un producto eficaz a una demanda carente de una determinada prestación. No obstante, pese a ello, aún no había logrado nada. Y el propio Mark así era consciente de ello, mas tenía presente que no tardarían en llegar las auténticas e infranqueables decisiones.

Bajo este escenario, ¿hubiera sido adecuada la decisión de sentarse a negociar por la venta de la empresa? Sin lugar a dudas, no estaríamos ante la primera oportunidad de venta millonaria para un joven creativo por su magna obra. No, no sería el primer caso, ni el último.


Lo significativo de esta historia es que, a pesar de las ofertas recibidas, Mark decidió continuar. Proyectó un futuro para la empresa, cuya edificación él mismo encabezaría. Y el primer año de Thefacebook (previo al cambio de nombre corporativo a Facebook) Mark Zuckerberg sorprendió a todos por su liderazgo, aprendiendo a tomar decisiones trascendentales. Como así lo revela David Kirkpatrick en The Facebook effect, quien se hace eco de las tentativas fallidas de los empresarios de Google por la titularidad de la empresa, así como de Microsoft con la más que sorprendente oferta de 15 billones de dólares ya en el año 2007.

Esto último me lleva a reflexionar sobre la ética empresarial y el sentido social de este tipo de corporaciones. Quizá, al final, no todo se reduzca al capital. El joven Mark desechó las tentadoras ofertas porque desde el primer momento ha tratado de defender encarecidamente la 'misión social' de Facebook, siendo ésta la de hacer del mundo un lugar más abierto y conectado. Hoy, tiene 27 años y es la novena persona más poderosa del mundo, según la revista Forbes.

Alejandro de la Fuente Escribano
2º de Periodismo e Historia